
La decepción invade. Es un momento de desilusión, tristeza, enfado y frustración.
La decepción que sufrimos cuando una persona cercana no cumple con lo que esperabas de ella es uno de los sentimientos más difíciles de gestionar.
Existen grados cuando una persona te decepciona. Es algo a valorar y que está relacionado con el dolor que nos ha producido el desengaño. Pero en nosotros mismos está la decisión de perdonar o de seguir nuestro camino lejos de él o ella.
Es cuestión de decidir.
El perdón es un proceso psicológico curativo. Es decir, nos ayudará a liberarnos de rencor y rabia, y dejará de lado ese gasto de energía que dedicamos a planear una “futura venganza”. Cuando podamos, nos acompañe o no esa persona en nuestra vida, en más saludable perdonar. Facilita nuestro aprendizaje emocional y nos hará más libres.
Por otro lado, nos facilita crecer. Mediante el perdón dejaremos a un lado el “efecto chubasquero”.
¿qué quiere decir?
Protegernos de futuros «traidores», generalizando al resto del mundo y dejándonos llevar por emociones negativas hacia los demás. Con este efecto establecemos un dañino mecanismo de defensa que consiste en desconfiar de otras personas en un futuro.
¿Qué ocurre entonces?
– Te aislarás en ti mismo, inmovilizándote, porque sin vivir experiencias es imposible crecer.
– Distanciarte de lo malo…pero también de lo bueno. No abrirte a otras personas, por miedo, te puede librar de vivir decepciones o desengaños pero también te privará de disfrutar de alegrías e ilusiones.
– Alejar a personas valiosas. La barrera que desarrollamos es un filtro muy fino, que puede prevenirnos de futuras personas dañinas pero también de gente que nos alimente y nos aporte cosas positivas.

Perdonemos o no, hay ocasiones en las que hay que encajar la pérdida de alguien en el que habías volcado tus expectativas:
“será mi amigo para siempre”, “podré contar con ella si tengo un problema”, “sus consejos son imprescindibles para mí”, “es una persona que me entiende sin hablar y siempre me ayuda”.
Esperar de alguien es intentar predecir sus actitudes. Es muy humano, nos ayuda a solventar la incertidumbre y a predecir los comportamientos para así poder actuar en consecuencia. De esta forma tan falaz, nos sentimos más seguros en un mundo que poco nos puede garantizar.
La certeza de que alguien va a comportarse de determinada manera sólo está en nosotros. Por eso, cuando ocurren situaciones inesperadas o actos incomprensibles el shock que nos genera es de gran calado.
Suele suceder… volcamos mucha responsabilidad en las personas de nuestro entorno. Sin darnos cuenta, establecemos una cierta dependencia emocional ligada a las actitudes de otros «no debería haberme dicho eso», «tendría que haber hecho lo otro», «me merecía otra respuesta por su parte»…. Es peligroso, porque somos libres y por mucho que deseemos que alguien actúe de determinada manera, sólo esa persona puede decidirlo. En realidad, es un comportamiento autofrustrante.
Si nos paramos a pensar, ocurre con nosotros mismos, ¿cuántas veces nos sentimos agobiados por no cumplir las expectativas que otros proyectan sobre nosotros?. El amor hacia uno mismo consiste en saber entender que somos dueños de nuestras decisiones y que conectar con uno mismo muchas veces puede hacer dañar a otras personas. No tiene porque ocurrir constantemente, pero en la vida hay que estar dispuesto a asumir nuestros actos y conocer nuestras limitaciones: no siempre tus deseos son los de la gente que más te quiere.
Y en la otra dirección. Aceptar que tus deseos no dependen de otra persona es el primer paso para reducir el sufrimiento y saber querer mejor. Amar a otro es aportarle la libertad necesaria para ser él mismo. Sin guiarlo hacia tus propios intereses o necesidades. Haciendo a la persona que más quieres tu siervo emocional.
Por tanto, es importante conocer la naturaleza de una decepción para poder superarla y para aprovecharla como aprendizaje. Que no se convierta en un motor alimentado por la rabia, sino en una experiencia dolorosa pero enriquecedora, que nos hace aprender de nosotros mismos y de los demás.
Marta Gómez Laguna
Psicóloga