
Dicen que todos escribimos mentalmente un diario personal donde relatamos nuestras experiencias vitales, las consecuencias que nos han traído, como nos hemos sentido y para hacerlo más completo, nos “ponemos nota” según los resultados obtenidos. De esta forma vamos creando una imagen íntima de lo que somos, formando nuestra autoestima.
Este concepto de nosotros mismos se modifica constantemente, se compara con otras personas y con nuestro YO IDEAL, el que nos gustaría ser, cargado de valores que nos guían y que nos frustran cuando no logramos alcanzar.
Nuestra autoestima puede ser fuerte y flexible o más débil y rígida. Hay personas que escriben su diario personal de forma amable y compasiva. En los momentos difíciles, cuando sienten que han fallado en algún propósito o si creen que su actuación no ha sido la más apropiada, no se castigan cruelmente. Aceptan que no son perfectos, que cometen errores y que a veces hay que renunciar a deseos. Buscan la manera de aprender de sus errores. Este tipo de diarios personales son los que desarrollarán una autoestima sana.
Por otro lado, están las personas que sienten que la imperfección y el fallo sólo les ocurre a ellos, que el resto de la humanidad se equivoca con menos frecuencia, o que incluso no lo hace. Que sus fallos son menos transcendentes o importantes que los suyos. Asumir que todo el mundo es imperfecto es otro de los pilares fundamentales para mantener un autoconcepto saludable.
Esa tendencia a idealizar a las personas que les «va bien en la vida», que consiguen éxitos y méritos, y catastrofizar a las personas que atraviesan etapas de dificultades, como si esto fuera porque carece de cualidades personales, o no han sabido encaminar su vida con astucia, es peligroso para todos. Olvidamos que todas las personas sin excepción, cometen errores, tienen momentos debilidad y atraviesan etapas de sufrimiento.
Si asumimos esto, las comparaciones naturales con otros no serán tan duras, puesto que entenderemos que no somos los únicos vulnerables y mantendremos una actitud más comprensiva con los demás y sobre todo, con nosotros mismos. Además, el nivel de exigencia que nos imponemos será menos dañino, y la presión social durante la competición por «ser el mejor» se reduce.
La autoexigencia es otro de los puntos de amarre de nuestra autoestima. En la etapa adolescente generamos una imagen futura de nosotros mismos que puede estar algo “exagerada”. La falta de experiencia y el exceso de fantasía nos conduce a imaginar un futuro casi divino. Cuando avanzamos en nuestras vidas, ese ideal va perdiendo fuerza y se siente atacado, reponerse y reconstruir la identidad herida nos ayudará, simplemente basándonos en criterios más humildes y realistas. Ya todos vamos entendiendo que es muy difícil obtener sobresaliente en todas las disciplinas: amistad, trabajo, destrezas personales o familia.
Si al escribir las páginas de nuestro diario personal nos dejamos llevar por el malestar que nos producen los fracasos o las decepciones y las percibimos como algo que sólo depende de nosotros mismos corremos el riesgo de ser arrastrados por la negatividad, la tristeza o la rabia. Es importante reconocer nuestras emociones, identificarlas y buscar la forma de canalizarlas sin reprimirlas. Dejarlas salir, no guardarlas para que crezcan y hagan que nuestro diario personal esté teñido de reproches hacia nosotros mismos, de angustia por no ser quien te gustaría ser o creer ser menos que cualquiera.
Lo más alarmante, poder llegar a creer que tienes menos derecho a ser querido, que no mereces tanto cariño por ser alguien defectuoso. Entrar en esto puede conducirnos a querer agradar a los demás por encima de lo que somos, forzando nuestra forma de ser y viviendo escondidos tras un papel que nos hemos inventado, a fin de recibir ese afecto que tanto nos cuesta creer que merecemos.
Los sentimientos de inferioridad son nudos que nos retienen y nos impiden crecer, no puedes estirar la cuerda y avanzar en tu crecimiento personal. Por tanto, en el camino tendremos que deshacer esos nudos y lo conseguiremos escribiendo con un tono amable y compasivo, reconociendo nuestros puntos fuertes y aceptando nuestras vulnerabilidades. Partir de cómo eres y quererte sin condiciones para poder ir cambiando de forma consciente aquello que te gustaría mejorar.