
Desde pequeños desarrollamos grandes expectativas para nosotros mismos, nos gusta alcanzar, poseer y cuando ya has conseguido algo, comienzas a desear lo que no tienes.
Exigirse a uno mismo nos ayuda a progresar pero comienza a convertirse en algo dañino cuando en caso de no lograr tus expectativas, te sientes frustrado e infeliz.
La autoexigencia es una cualidad que todos poseemos, en mayor o menor grado, que manejaremos siempre y cuando:
- Reconozcamos que los logros dependen de uno mismo, sin esperar que los demás o la vida nos den lo que perseguimos.
- Asumamos que podemos cometer errores, que no siempre nuestros comportamientos agradaran a todas las personas de nuestro entorno.
Todos tenemos deseos e intereses, son nuestro motor y nos impulsan a evolucionar. Es sano reconocer que dentro de ese “juego” hay cosas que no dependen de nosotros, como por ejemplo: el paso del tiempo, influir en las actitudes de otras personas, cambiar hechos del pasado o no asumir nuestras limitaciones personales.
Es básico contemplar que no tenemos que exigirnos cumplir expectativas, es más adaptado tener una actitud donde preferimos alcanzarlas pero si eso no ocurre, nos vamos a seguir aceptando incondicionalmente. No desgastaremos energía en autoreproches, autocondenas y lamentaciones…sino que asumiremos fallos, aprenderemos de ellos y nos conoceremos mejor.
Nuestros deseos se ven influidos por nuestros ideales, muchos de ellos irracionales:
“tenemos que conseguir todo lo que nos proponemos”
“debo agradar a todo el mundo”
”para ser alguien válido tengo que tener éxito”
“es terrible no alcanzar tus sueños”
“qué triste es no recibir lo que das”
“necesito sentirme querido por todos”
“mi felicidad depende de lo que otros me dan»
…
Detectar nuestras ideas dañinas nos ayudarán a no ser tan exigentes y a incorporar esta filosofía que promueve una actitud de preferencia frente a la actitud de exigencia. Pero para esto hay que conocerse.
Parte de este trabajo se basa en aprender de la experiencia de nuestros errores y aciertos en la vida, sólo así descubriremos nuestros puntos fuertes (que vamos siempre a potenciar) y nuestras limitaciones (que asumiremos de la mejor forma posible).
Por otro lado, mantener a raya las “autoexigencias” permite desarrollar unas expectativas más realistas acerca de nosotros mismos y nuestro futuro. Ese «nuevo» autoconcepto se ajustará a lo que realmente somos y no a ideales que teníamos como referencia y que no todas las personas deben cumplir.
Este yo ideal nos traerá más felicidad y nos permitirá ser más compasivos con nosotros y con las demás personas.
Es mucho más relajado vivir bajo las ideas de que tú bienestar depende de ti mismo, de la mejora de tus potenciales, de cuidar tu salud y de esforzarte al máximo en mejorar lo que está dentro de tus posibilidades, dejando a un lado frustraciones por no alcanzar lo imposible.
Desterrar la sensación de “nunca tengo lo suficiente”, básicamente porque buscas que te lo den otras personas y porque está anclada en la insaciable necesidad de desear siempre lo que no tenemos. Por eso, es importante no exigirnos con expectativas inalcanzables, disfrutar de lo que hemos conseguido, valorarlo y preferir que ocurran ciertas cosas pero sin que de ello dependa tu felicidad.
Nuestros deseos pueden alcanzarse o no, nuestras actitudes serán “bien vistas” o no, no exigiremos que todo lo lo que nos gustaría se va a cumplir porque en muchas ocasiones no depende exclusivamente de nosotros y porque tenemos ciertos límites.
Aceptar que preferimos que hubiera ocurrido, pero sino es así, aprenderemos de nuestros errores, buscaremos mejorar como personas y no responsabilizaremos a los demás de nuestra situación.
Marta Gómez Laguna
Psicóloga